Omar Gatica. Por Waldemar Sommer [1991]

Omar Gatica. Luna Asesina. Oleo sobre tela
“Luna Asesina”. Óleo. Omar Gatica.

OMAR GATICA

Por WALDEMAR SOMMER

Omar Gatica se inserta de lleno en aquella generación de los años ochenta que trajo, tanto en el plano internacional como dentro de Chile, una revalorización eficaz del oficio de pintar. Más aún, el grupo de jóvenes autores que la formaron supo comprender (intuitiva antes intelectualmente) la necesidad de retornar el arte a la órbita de lo sensorial, a los dominios de la calidez expresiva. La mirada comprometida, documental y fría del mundo, propia de la década del 70, retrocedió entonces, frente a una visión sin compromisos, poética y subjetiva de la realidad circundante. Al mismo tiempo, se recobraba un medio visual que, para algunos, parecía agotado del todo: la pintura sobre soporte tradicional. Al igual que muchas otras búsquedas contemporáneas, la inquietud imperiosa y peculiar de manifestarse de aquellos artistas encontró en las fuentes de creación inicial de nuestro siglo el camino más adecuado. Por supuesto, traspusieron esos modelos con independencia y de acuerdo a sus propios requerimientos. Así, el punto de partida fué el expresionismo de los años 30.

En el caso particular de Omar Gatica, la vía obtenida, el neoexpresionismo, se funde con otra ruta no menos importante y de extensa trayectoria, la abstracción. Es que ciertas soluciones de esta segunda tendencia le permiten a Gatica volcar, en imágenes por sobre todo sugerentes, sus experiencias personales con el paisaje urbano, con la naturaleza muerta, con la figura zoológica o humana, sola o en movidos enfrentamientos. Las preferencias del artista chileno por la discreción, por la insinuación apenas de la forma reconocible, parece pues, haberse acrecentado durante los años más recientes. De ese modo, sus cuadros se limitan a sugerirnos,nada más, la condición física, el ánimo, las acciones de sus protagonistas, las circuntancias que acechan a cada uno de ellos. Asomos indudables de violencia se adivinan, a menudo, tras las formas crepitantes, tras las incandescencias del color. Entonces, figuras y entorno tienden a penetrarse mutuamente.

Aunque conservando la autonomía indispensable, los empastes de pigmentos invaden, en muchas oportunidades, las coloraciones vecinas. Dan origen, así, a formas muy abiertas, donde no falta tampoco alguna zona traslúcida. La furia con que se aplicó la pasta multicolor coincide, entretanto, con una notoria movilidad formal y cromática. Ese dinamismo, acentuado por golpes de luz ajenos a propósitos figurativos, comunica al espectador el efecto aparente de un lienzo en constante devenir. Las figuras huidizas de Gatica surgen más explícitas en la tela de ejecución más lejana: “voltereta I”, de 1985, cuyo predominio líneal recoge, acaso, un eco onírico lejano. Asi mismo, muestran una proximidad relativa con el mundo reconocible las composiciones de 1987 – 1989, donde la voluntad neoexpresionista desempeña un rol preponderante.

Por ejemplo, la fantasmagoría ritual de la “La serpiente emplumada”; la densidad y ferocidad animal de “El no de los niños”, “Luna asesina”, con la vitalidad de sus pequeños trazos ondulados y con esa especie de Danae neoexpresionista. El actual período 1990 – 1991 aporta, en cambio, una expresividad que se apropia de mayores recursos abstractos. Junto a ello y sin perder nada de su movilidad, la pintura de Omar Gatica adquiere una potencia de formas y una firmeza de composición que halla sus mejores exponentes en obras como “La silla y su entorno”, “La tenaza”, “El gato”, etc. Ahora los ardores expresivos del pintor nos esconden todavía más la figura, en un intento por hacer valer, ante todo, los atributos plásticos de cada tela.

WALDEMAR SOMMER SANTIAGO, MARZO 1991.

english

OMAR GATICA Omar Gatica totally inserts himself into the 80’s generation which brought an effective revaluation of the task of painting in an international field as well as in Chile. More over, its group of young painters were capable of understanding, (intuitively rather than intellectually), the need to bring art back to a sensorial orbit, to the power of the expressive warmth. The documental, compromised and cold view of the world, -typical of the 70’s- drew back before a poetic and subjective vision without pledge of the surrounding reality. At the same time, a visual means that seemed scarce was recovered: painting over traditional base. Just as many other contemporary searches, those artist imperious and peculiar restlessness to express themselves found its best means in the source of initial creation of our century. Of course, those patterns were transferred independently and according to their own needs.

Thus, their starting point was the expressionism of the 30’s. In the case of Omar Gatica, the means obtained -the neoexpressionism- combines itself with another course just as important and with a vast trajectory, the abstractionism. The reason being the certain solutions of this second tendency make it possible for Gatica to overturn his personal experiences, especially in suggestive images, with the urban landscape, the still life, or with the human or zoological figure individually or in active encounters.

The preference of the Chilean artist for discretion, for the insinuation of the hardly recognizable shapes, has apparently increased in these last few years. That is why, his paintings only give us an idea of the physical conditions, the mood, the actions of his protagonists and the circumstances that follow each one of them. Oftentimes, doubtless signs of violence are foretold by the crackling shapes, behind the incandescences of the color. Then the figures and its surroundings tend to penetrate each other. In many case , the impasto of pigment invades, nearby colorings, although maintaining the necessary autonomy. Which gives origin, to very opened shapes, in which no translucid zone is missed. In the meantime, the fury which the multicolor paste is applied coincides with a notorious formal and chromatic mobility. That dynamism, stressed by hits of light foreign to figurative purposes, gives the spectator a visible effect of a canvas in constant flow. The evasives figures of Gatica appear clearer distant performance: “Somersault I”, 1985, whose lineal perhaps gathers a distant oniric echo.

The compositions of 1987 – 1989, also reveal a relative proximity with the recognizable world, where the neoexpressionist’s desire performs an important role. For example, the ritual phantasmagoric of “the Feathered Snake”; the animal density and ferocity of “The children’s No”, “Murderess Moon”, with the vitality of its little undulating strokes together with a type of neoexpressionist Danae.On the other hand, the actual period (1990 – 1991) present an expressivity that appropriates of greater abstract resources. At the same time and without loosing its mobility, the painting of Omar Gatica acquires power of shapes and steadiness of composition which can be best appreciated in works such as: “The Chair and Its Surroundings”, “The Nipper”, “The Cat”, etc. The painter’s expressive ardors hide the figure from us even more, emphazising -above all- each canvas’ plastic qualities.

WALDEMAR SOMMER SANTIAGO, MARCH 1991.

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